El arte frente a la destrucción

 

Ayer falleció un chico. Lo mataron en un antro del centro de la ciudad, sí, ese que se encuentra justo al lado de la Catedral. Alguien entró al lugar, se dirigió hasta él y disparó. Así de simple se puede acabar con una vida. El cerebro da una orden, los tendones y músculos se activan. Mueves un dedo, sostienes con fuerza el arma y listo. El resto es salir corriendo y perderte entre callejones y el anonimato. En realidad es muy fácil terminar con la vida de otro ser humano. Hay miles de formas, desde las ortodoxas hasta las más creativas, rebuscadas y absurdas. Miles. Pero… ¿Cuántas formas hay de construir sueños, futuros, deseos, proyectos? ¿Es tan fácil edificar planes e impulsarlos a su realización como terminar con ellos? ¿Qué ganaba aquel que disparó el arma? ¿Qué le llevó hasta ese lugar, a elegir a aquel chico como víctima?

      Ayer falleció el chico que se subía a los camiones a declamar poesía y rap de denuncia social. Ayer falleció el compañero de universidad con el que alguna vez discutí algún libro, intercambié una opinión, un rostro familiar que podría ser cualquier otro. Sus sueños serán irremplazables al igual que sus proyectos. Ya no habrá nadie que los lleve a cabo tal como él los hubiera hecho.  En realidad ese chico podemos ser cualquiera de nosotros. Y por supuesto, también cualquiera de nosotros puede ser aquel que jale el gatillo.

      ¿Dónde se encuentra la diferencia entre quien recibe la bala y quien la dispara?

      Cada semana escucho los problemas de inseguridad que aquejan a nuestro país. Basta mencionar algún incidente para que resuenen ecos de historias contadas en susurros. Nuestras voces son una fogata que se muere y al introducir un nuevo leño miles de motitas de fuego se elevan para convertirse en cenizas y morir en la noche. Porque al fin y al cabo eso es lo que parecen hacer nuestras voces. Se pierden junto al resto y se desintegran en silencio.

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¿Qué hacer?

      ¿Recluirnos en nuestras casas? Dejar de salir, cancelar las salidas a bares y antros porque ya no son lugares de diversión sino de mala muerte y si nos matan en ellos se anula de inmediato nuestro derecho a la vida, pasamos a ser una cifra más sin historia, rostro, nombre, pasado y sueños.

      De acuerdo, levantemos un toque de queda y salgamos de nuestros hogares tan sólo a trabajar y estudiar, pero, ¿quién no recuerda el caso de la niña que salió por la mañana a su escuela y jamás pudo llegar a ésta? Entonces también tendremos que dejar de acudir a los centros de estudio e incluso dejar de trabajar, no queremos que nos ocurra lo mismo que a la dependienta de aquel local, ¿lo recuerdan? Eran las cuatro de la tarde cuando una bala terminó con su vida. O el caso del dueño de la carnicería, sí, también a medio día, lo quisieron secuestrar y como se echó al suelo – o se tropezó—los delincuentes optaron por dejarle ahí con un par de tiros.

      Tal vez lo mejor sea recluirnos en nuestra casa, reforzar los barrotes, levantar una muralla, enclaustrarnos ahí y esperar que nadie crea que escondemos un tesoro. Por supuesto, si alguna vez han entrado a su casa a robar tampoco se sentirá protegido ahí. Tal vez el lugar más seguro sea la cárcel. En una ocasión oí de una reclusa que había ingresado de forma voluntaria al centro penitenciario. Estaba cansada de los peligros de la ciudad y después de que le habían arrebatado todo lo querido decidió ponerse a salvo entre esas paredes y rejas.

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      Pero, ¿si nos encerramos logramos algo? No. No lo creo.  Sería dejar de vivir anticipadamente. La solución no es encerrarnos, tampoco susurrar las injusticias. Dudo que uno sólo de nosotros podamos realizar un cambio de manera individual. También dudo que no haya solución.

       Walt Witman solía decir “no dejes de creer que la poesía sí puede cambiar el mundo”. Ante la situación de nuestro país aquellos versos parecen ingenuos e idealistas. Pero, tal vez, a pesar de ello, no estén equivocados. Un poema no va a detener una bala, es cierto, recitar poesía de denuncia social tampoco impedirá que un día nosotros nos convirtamos en blancos de tiro, ayer lo comprobamos. Pero un poema sí puede cambiar la perspectiva del mundo, sí puede sacudirnos y hacernos ver lo que nos rodea. A veces lo que necesitamos es que desautomaticen nuestra existencia, que nos sacudan. Los versos tienen ese poder al igual que la música, la pintura, la danza, los deportes. Las actividades en que usamos nuestro intelecto y nuestro cuerpo para crear algo nuevo tienen ese poder.

      En más de una ocasión he visto el arte trabajar en pro de lo comunitario, desde personas que llevan la narrativa a los enfermos en etapa terminal para darles la oportunidad de expresar sus temores, sus deseos, sus historias; hasta grupos de personas que se unen para acudir a las zonas más precarias de las ciudades e instruir a los jóvenes en la pintura y que así puedan transformar su entorno, apropiarse de él y afirmar una identidad; o aquellos narradores orales que relatan las  historias ya olvidadas y las transmiten allá donde los niños y los adultos a veces desean evadirse un momento de su situación para mirar otras posibilidades; o los poetas que en los espacios públicos esgrimen las palabras rompiendo lo cotidiano, denunciando el automatismo.

      Contar historias, crear murales, tocar sinfonías y recitar poemas tal vez no logren levantar por sí mismos los escombros de esta sociedad, es cierto, tal vez el arte no cambie el mundo pero puede cambiar el mundo de una persona y las acciones de ese individuo pueden ser un pilar para construir una nueva sociedad. Debajo de las grandes culturas, en sus cimientos, siempre se ha encontrado el arte, la cultura, la educación. El problema es que en ocasiones el arte y la educación se encuentran fuera del alcance de la mayoría de la población y al categorizarlos como objetos de lujo no pueden fungir como cimiento social.

      No digo que una persona que ha recibido educación o que practica un arte queda “vacunada” para siempre de la psicosis social, los demonios mentales, la pobreza económica y todos los problemas sociales. No, el arte y la educación no son una tabla de salvación o una figura redentora pero sí un elemento que puede beneficiar a la construcción de una sociedad más empática, informada, democrática, responsable, consciente y sobre todo desautomatizada y contestataria.

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      Ayer falleció un chico, él creía en el poder de la palabra, el arte y la poesía, era un chico como el resto de los universitarios, tenía proyectos y una historia que le impulsaba. Hoy no está. Como ya no están muchos otros hijos de esta tierra. A veces parece que detener la vorágine es imposible, pero no hay roca que resista el repique del agua, si el agua insiste lo suficiente la roca se rompe.   Nosotros como sociedad decidimos qué somos: roca o agua. Nuestras acciones, nuestras palabras por pequeñas que parezcan sí pueden impactar a una persona, y si pueden ayudar a modificar para bien una vida entonces habrá valido el esfuerzo y tiempo invertido. Cambiar el mundo es una misión de proporciones titánicas, pero podemos cambiar la vida de las personas a nuestro alrededor.  De la misma manera en que algunos han elegido destruir, otros podemos elegir crear.

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