Sobre funerales, delimitaciones y Faulkner

Cada quien convive con la muerte de manera distinta.

I.Z.

Aquel duerme. Alguien canta. Otro llora. En susurros un grupo de personas ofrecen café y galletitas. Alguien comienza a rezar. Todos le siguen. Recitan las oraciones hasta acabar las cuentas del rosario. Se termina el café, los cantos. Poco a poco las sillas se vacían. Entonces quedan sólo los más allegados de aquel. Se sientan cerca y uno de ellos comienza a recordar historias, se ríe un poco y las cuenta a los otros. Ríen y una lágrima se escapa. Silencio. Aquel duerme.

      En una ocasión un amigo me dijo: “Cada quien convive con la muerte de manera distinta”. Ahora veo que es cierto. En los funerales se encuentran algunas de las frases más extrañas que podamos encontrar. Las conductas de las personas suelen ser peculiares e incluso chocantes si se observan desde fuera, si no se toman en cuenta las costumbres, las ideologías, la idiosincrasia y, a veces, hasta si no se es empático.

      Hace un par de días al asistir a uno recordé una novela capaz de ilustrar aquello: “Mientras Agonizo” de Faulkner. Ésta narra la forma en que una familia afronta la enfermedad y la muerte de uno de sus miembros así como todas las dificultades que deben de sortear para cumplir un último deseo.  Lo interesante de la novela, sin embargo, no son los eventos en sí mismos, sino la manera en que los quince narradores van percibiendo los acontecimientos y las actitudes del resto.

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       Mediante las distintas narraciones Faulkner va esbozando los retratos de cada uno de los personajes, mostrando que, si bien algunas acciones parecen ser incoherentes, egoístas o absurdas, los personajes que las realizan tienen sus razones para actuar así, razones que sólo ellos pueden entender bajo su especial lógica. En la novela “Mientras Agonizo” el egoísmo, la locura y la compasión se ponen en tela de juicio pues para todo suceso siempre hay más de dos interpretaciones.

        Si en esta vida pudiésemos adentrarnos a la mente de las personas que nos rodean podríamos entender sus actos sin catalogarlos de bondad o maldad, de locura o insanidad, de egoísmo o generosidad. Entenderíamos al igual que Addie Brunden, personaje de la novela, que “la palabra “miedo” ha tenido que ser inventada por alguien que jamás lo ha pasado, y la palabra “orgullo”, por alguien que nunca lo ha sentido.”  Pero no podemos. Estamos atrapados en nuestros propios pensamientos, en nuestra forma de ver el mundo, de delimitar las cosas, de encasillar. Entonces las acciones de los otros se vuelven extrañas y por tanto adecuadas o inadecuadas, buenas o malas.

VELORIO DEL ANGELITO ARTURO GORDON

(Imágen: Velorio del angelito- Arturo Gordon)

       Hace un par de días deseaba leer la vida como aquella novela de Faulkner, entender lo que cruzaba por la mente de cada una de las personas reunidas alrededor de aquel féretro, pero a veces es más fácil entender una novela que la realidad, así que sencillamente miraba los pequeños y rápidos gestos, los espasmos de llanto, los silencios, las ausencias, pero sobre todo miraba aquel féretro y me preguntaba si, al igual que Addie Brunden, la persona que ahí dormía aún nos escuchaba; si acaso su espíritu se encontraba recorriendo en retroceso los pasos que dio en esta vida, tal como lo aseguraban algunos comentarios de los visitantes; o si acaso su alma partió de esta tierra en el momento en que todos los coyotes entonaron aquel canon. Me preguntaba qué tan acertadas eran las interpretaciones sobre sus últimos momentos de vida, si acaso era cierto que las brujas volaron sobre la casa donde fallecía; si era verdad que en aquella habitación las oraciones habían sido una especie de protección a su alma. Deseaba entender ese: “¡Qué muerte tan bonita!” que en coro se repetía aquí y allá.

        Alguien me dijo: “Cada quien convive con la muerte de manera distinta.” Es cierto, está el que se derrumba en llanto, quienes cantan sin importarles desafinar, el que calla, el que ni siquiera se acerca, los que rezan, el que suspira, quien le habla quedito al durmiente, el que desborda anécdotas, quien duerme. Tal vez los funerales sean unas de las reuniones o eventos que pueden llegar a parecer más desconcertantes.  Es el encuentro de la vida y la muerte, la presencia matizada de ausencia. Los posibles futuros se anulan y el pasado resurge.

       La muerte es la muerte pero siempre es distinta. Hay quienes se enfrentan a ella con silencios vestidos de noche; y quienes, con la algarabía de los carnavales. A final de cuentas cada quien tiene sus razones para actuar de aquella forma, cada quien experimenta su propia lógica, su propio duelo.  Lo mismo ocurre con la vida. Cada quien tenemos nuestra propia forma de afrontarla. Sin embargo a veces olvidamos que nuestros esquemas mentales sólo a nosotros nos pertenecen y nos empeñamos en delimitar al resto con nuestras perspectivas. Quien sabe, tal vez Addie Brunden tenía razón, las palabras, los conceptos, son inventados ante la necesidad de delimitar lo que nos es extraño.

(Imágen de portada: El velorio- Francisco Oller)

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