Enoch Soames o la pretensión de trascendencia

Cielo. Infierno. Eternidad. El ser humano vive pensando en el después; intenta encontrar un algo que le de sentido a su vida, a ese ir hacia adelante; quiere estar seguro de que, tras su muerte, algo de él quedará, que no es en vano el respirar día a día persiguiendo metas y sueños; quiere saber que es capaz de sobrevivir a eso llamado eternidad.  De ahí el empeño por tener hijos, crear arte o marcar la historia. Tal vez los humanos quedaríamos más tranquilos si alguien nos asegurara que una parte de nosotros perdurará tras nuestra muerte.

      Viktor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido afirma que cuando el hombre deja de buscarle un sentido a la vida es más fácil que sucumba ante los problemas y muera, es decir, este deseo de darle sentido al existir es justo el motor que nos mantiene con vida. Deseamos saber que nuestras acciones nos conducen a un lugar, que nuestro existir no es casual, que hay una razón para que este planeta perdido entre galaxias exista. Nos negamos una y otra vez a aceptar el azar y la casualidad porque tememos que al final todo sea parte de un absurdo, que no haya una razón última del por qué seguir. Aterra el vacío, aún más que la muerte. Por eso buscamos justificar nuestra fragilidad, nuestra levedad, en un mañana, en un trascender del espíritu.

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      En cierta forma todos tenemos un poco de eternidad. La materia que hoy nos conforma mañana pasará a conformar a otro ser. De alguna manera, los elementos que hoy nos constituyen siempre seguirán existiendo, no obstante, el ser humano no se conforma con saber de la perdurabilidad de sus átomos. La ley de la conservación de la materia no le tranquiliza ni satisface, necesita algo más espiritual, algo que le diga que su esencia (cualquiera que esto signifique) perdurará.  Por ello las religiones triunfan. Nos aseguran que nuestro espíritu o nuestra alma es capaz de trascender; que somos un poquito inmortales, como dioses; que todo tiene un sentido; que estamos cumpliendo algo que nadie más podría cumplir.

      Así pasa el transcurrir humano, en un devenir entre el recuerdo del pasado y las pretensiones del futuro. El primero intenta afirmarle quien es, el segundo busca posicionar su ser en lo trascendente. La pregunta aquí es, si hubiese una manera de saber si al cabo de cien o mil años seremos recordados ¿nos arriesgaríamos a conocer la respuesta? ¿Sacrificaríamos nuestra alma a cambio de saber si nuestro nombre logró sobrevivir a nuestra muerte?

      El cuento “Enoch Soames” de Max Beerbohm aborda justamente esta problemática al plantearnos la vida de un poeta que en apariencia busca tan sólo crear arte sin mostrar interés por ser recordado en el futuro, sin embargo, conforme pasan los años la frustración ante el aparente fracaso lo obligan a sincerar sus intenciones y deseos de trascendencia, llevándole a poner en juego su alma a cambio de conocer la verdad sobre su futuro.

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      El cuento, recomendado por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo en su Antología de la literatura fantástica, nos ofrece una narrativa inscrita en una especie de espejos contrapuestos que se proyectan de manera infinita. Poemas que se vuelven premoniciones, cuentos que pretenden ser reportes verídicos. La trama se desarrolla y el lector se sumerge en esa serie de reflejos infinitos. Entre los poemas que se presentan dentro del cuento resalta el que se titula “Nocturno”.

Nocturno

Alrededor y alrededor de la plaza desierta

paseamos del brazo con el Diablo.

Ningún sonido, salvo el golpear de sus cascos

y el eco de su risa y la mía.

Habíamos bebido el negro vino.

Grité: “¡Corramos una carrera, Maestro!”

¿Qué importa”, gritó, “cuál de nosotros corra más esta noche?

Nada hay que temer esta noche

a la impura luz de la luna”.

Entonces lo miré en los ojos,

y me reí de su mentira

y del temor constante que trataba de disimular.

Era cierto lo que habían dicho y repetido:

Estaba viejo-viejo.

El poema cobra verdadero sentido al final del cuento, entonces nos preguntamos si acaso el Diablo no estará también consciente de su finitud, del futuro olvido, de su paulatina transformación de ente real a ente ficcional. En el poema el Diablo asegura que no importa quien corra más, si el poeta o él. Lo asegura con la indiferencia de quien sabe la respuesta y la vacuidad de la misma. Como si supiese que los dos perderán pues la noche es un camino sin fin y ninguno logrará ganar, ninguno, ni poeta, ni Diablo, podrán escapar del olvido, esa otra muerte mucho más profunda, no al menos como entes reales. Tal vez, el verdadero y único hogar de la eternidad sea la ficción.

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