Humanos: los erizos químicos en botellitas de palabras

Dicen que las personas somos como erizos. Ante las inclemencias de la vida los erizos tienden a reunirse, se hacen bolita y se juntan unos con otros para darse calor entre ellos, pero… si se acercan demasiado terminan por lastimarse entre ellos con sus púas. Es entonces que los erizos deciden alejarse para no ser heridos ni herir. Sin embargo, si permanecen así, solitarios, morirán de frío. ¿Qué hacer entonces? ¿Permanecer al lado de los otros erizos y soportar las heridas que causan la cercanía o morir solos a causa de las inclemencias de la vida misma?

      Hoy en día se suele hablar mucho sobre las “personas tóxicas”. Se cataloga a las personas con esta etiqueta cuando reúne una bonita cantidad de características no tan agradables, algunos artículos suelen dar una lista actitudes para ayudar a detectar a esta clase de personas. De acuerdo, el instrumento de medición pudiese parecer objetivo, pero, ¿la persona que usa tal instrumento lo es?  Quiero decir, ¿la persona que juzga y revisa las actitudes de las otras personas es objetiva al momento de realizar la valoración? Lo dudo. La subjetividad abunda al momento de dar valoraciones e incluso los psicólogos y psiquiatras pueden llegar a recluir a un cuerdo bajo la categoría de loco, con mayor facilidad el resto de las personas.

personas-toxicas

      Se nos ha dicho que una persona tóxica es aquella que se comporta de manera egocéntrica, pesimista, como víctima, etc…, muchas veces se pretende juzgar a las personas a partir de categorías estructuradas, olvidando que las dinámicas entre las personas se parecen un tanto a las reacciones que existen entre los compuestos químicos. Piense en cualquier elemento de la tabla periódica, ahora considere unirlo con otro elemento, dependiendo de qué elementos una puede conseguir sustancias capaces de dar vida o sustancias dañinas para la salud. Claro, esta es una simplificación un tanto burda. Los humanos, a diferencia de los elementos químicos, somos cambiantes, somos criaturas más volubles y caprichosas y lo que un día nos hace reír puede que al otro nos parezca irritable. Somos más complejos.

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(La ilustradora Lenya Brick imagina la situación contraria, una antropomorfización de los elementos químicos)

      A veces se enfrasca a una persona en la categoría de “tóxica” sin tomar en cuenta que las actitudes de ésta van a depender también de las actitudes de los otros. Aún suponiendo que una persona por “naturaleza” sea “tóxica”, no siempre se comportará de esa manera, habrá personas que puedan encontrar una manera de convivir con ella sin que la relación se convierta en algo peligroso para ambas. Como en el caso del oxígeno y el hidrógeno, dos sustancias que solas podrían llegar a ser venenosas y, no obstante, juntas son base de la vida en nuestro planeta.

      Nuestra sociedad se ha acostumbrado a realizar con constancia una labor de encapsulamiento. En nuestro afán de nombrarlo todo delimitamos a las personas a partir de características que bien pueden ser circunstanciales. Recordemos lo que dice el budismo: no existe bien ni mal, ambos se complementan, al igual que el blanco y el negro, son dos aspectos de un mismo fenómeno.

      Hace un par de días, vagando por la ciudad de Zacatecas encontré cientos de frasquitos de cristal colgando del techo de un antiguo edificio. Se trataba de “Contratiempo”  una exposición de arte de la autora hidalguense Lourdes Corzo que actualmente se exhibe en una de las salas de Casa de Cultura de la ciudad. Junto a la exposición de diversas fotografías esos 520 pequeños contenedores permanecían suspendidos, inmóviles. Cada frasquito tenía una etiqueta. Adjetivos que podríamos darles a las personas. Ahora al pensar en los erizos y los elementos químicos me pregunto si acaso somos erizos dentro de frasquitos de cristal. Nos hemos metido ahí para intentar no herirnos ni ser heridos. Así es más fácil lidiar con los otros erizos y la molestia de sus púas. Excusamos nuestras  incomodidades tras las etiquetas en que encerramos a los otros. Si sentimos que las púas del otro erizo nos lastiman nos limitamos a decir que el otro es “tóxico” sin preguntarnos la toxicidad de nosotros mismos; sin preguntarnos cómo hemos venido actuando con el otro.

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      Ante la paradoja del erizo, en un primer momento parecen existir sólo dos opciones, pero, si se analiza la cuestión hay otra opción: no alejarse, pero tampoco acercarse demasiado. Permanecer a una distancia prudente, sana. Recordar que las púas son parte de la naturaleza del otro pero ello no implica maldad o bondad; y sobre todo, recordar que no sólo el otro está recubierto de esos pinchos que son capaces de herir, nosotros también los poseemos y por tanto también podemos herir.

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