Las actitudes contraintelectuales

La máxima soberbia […] es la máxima ignorancia de sí mismo.
Ética.
Baruch Spinoza

En la Feria del libro del Palacio de Minería, Max Altamirano -amigo y colaborador de esta revista- y yo tuvimos la buena fortuna de conocer a Sergio Villalobos-Ruminott, actualmente uno de los teóricos chilenos más importantes en el ámbito de filosofía política, arte contemporáneo y literatura latinoamericana durante una visita que realizó a México (él es profesor en la Universidad de Michigan), y pudimos tener una pequeña charla de la que aprendimos bastante. De ésta se deriva la presente nota dedicada a las actitudes contraintelectuales de los intelectuales.

La soberbia

¿Qué hace que la mayoría de los intelectuales seamos soberbios?, ¿acaso es inherente a la adquisición de conocimientos tener una postura pedante frente a los demás? Pareciera que es así. Pero ¿por qué? Ampliar nuestro horizonte cultural está emparentado con nuestra propia ampliación al mundo (de nuestro mundo), es decir, nuestro yo se ensancha, incrementamos nuestras capacidades cognoscitivas, aumentamos nuestro bagaje de referentes, nos engrandecemos en un sentido figurado. Y al darnos cuenta de que nuestro pensamiento, paulatinamente, va sobrepasando nuestros límites, nuestro ego también. Esto no quiere decir que el proceso se dé de manera individual, hay factores sociales que nos afectan de manera tal que sentimos que podemos alcanzar las nubes: la aceptación dentro de nuevos círculos intelectuales, los elogios de profesores, amigos y personas que admiramos, ganar discusiones o reconocimientos.
         No está mal que tengamos cierto grado de mamonería (podemos estar orgullosos de nosotros mismos porque nos hemos esforzado para obtener lo que tenemos, es parte de nuestro amor propio), el problema viene cuando frente a personas que no consideramos lo “suficientemente” cultas las miramos por encima del hombro, como si ellos no fueran “dignos” (¡cuánta soberbia!) de algún gesto amable de nuestra parte: el yo pasa de las minúsculas a las mayúsculas: YO, dejando fuera al otro (así, en minúsculas).

Recordarán a Kevin Spacey en Seven como el criminal que se percibe superior a los demás: la soberbia misma.

La soberbia es una estima de nosotros mismos en más de lo justo. Es decir, nos formamos una idea desmedida de nuestra potencia de obrar, y, como toda idea, puede ser ajustada gracias a la percepción que los otros tienen de nosotros. Por ejemplo, si queremos la aceptación de alguien a quien admiramos, pero por nuestra egolatría le caemos mal, esa persona fácilmente nos puede bajar de nuestro tabique gracias a su conocimiento y forma de compartirlo, y hacernos reconsiderar nuestra autopercepción. Esto me lleva a lo siguiente.

La cerrazón al conocimiento de otros

Por lo regular, cuando hay soberbia hay una actitud de estrechez a otro tipo de conocimientos que no son de nuestra área. Y más si quien nos quiere compartir ese conocimiento es una persona supuestamente “menos culta” que nosotros o de la que tenemos una idea similar. No estoy diciendo que estemos obligados a conocerlo todo (es algo imposible), sino a que no tenemos por qué ser monodisciplinares (igual a nadie se le debe obligar a ser interdisciplinario). Pero -y eso es algo que no sólo ocurre en gente mayor sino también en nosotros los (aún) jóvenes- cuando ya tenemos un bagaje significativo de, digamos, literatura, y a pesar de que sabemos que aún nos faltan universos enteros por conocer, tenemos la ingenua creencia de que sabemos todo; ya después, cuando hacemos una carrera y tomamos una especialización, nuestro supuesto mundo tan ancho -en su amplitud- es reducido.
             A esto Robert Musil lo llamaba estupidez, la cual no era un aletargamiento mental o un problema de cognición: era el empobrecimiento al que uno mismo se somete voluntariamente haciéndose creer el conocedor absoluto (y de lo absoluto). Era la necedad encarnada, la brutal cerrazón del yo.

Esa chocante actitud de: “¿Y quién te crees tú para decirme lo que no sé?”.

El nacisismo a cambio de 

Otra actitud contraintelectual estrechamente ligada con la soberbia, pero, sobre todo, con la vanidad. Aquí la idea positiva que los otros tienen de nosotros puede, si no gestionamos adecuadamente nuestro amor propio, hacernos pensar que somos la crema y nata de algo (o como comúnmente se le conoce: la gran caca). Así es como interpreto la frase que el profesor Sergio Villalobos-Ruminott nos dijo a Max y a mí: “Claro, como nos pagan mal materialmente [a los intelectuales], algún narcisismo debemos tener”. Él se refería a los académicos de renombre, pero pienso que puede ser aplicado a los artistas, puesto que ellos también son intelectuales.

La presunción (o pose, como se le llama)

Una cosa es encontrar relaciones temáticas en una conversación sobre tal o cual asunto para no caer en reduccionismos, y otra muy distinta ostentar la cantidad de tus conocimientos y el desarrollo de tus habilidades frente a los demás únicamente porque te sientes bien haciéndolo. Exhibir tu sapiencia es solamente eso: un espectáculo donde el ego es escenario, actor y productor (repito: como si las cosas uno las hiciera solo, como si no hubiese más detrás de lo que se presume), haciéndote creer que haces un favor a los demás por hacerlo.
¿Por qué a ésta la considero una actitud contraintelectual? Por el hecho de que presumir no es compartir: es hacer ruido.

No hacen falta palabras para esto.

A todo esto, y para concluir, debo aclarar el sentido en el que entiendo la palabra “contraintelectual”, y por ende, lo que es ser intelectual: no es capitalizar el conocimiento adquirido durante años de trabajo para ganar premios, renombre o plazas de investigación, es una forma ética de ser con los demás a partir de saber mi lugar en la sociedad, en mi comunidad y en el mundo. Por lo tanto, las actitudes contraintelectuales son actitudes que atentan contra el compartir entendido como principio. ¿Por qué? Porque si hemos hablado de actitudes que celan los saberes, compartirlos es una forma de abrirse hacia los demás (pasar del yo, así en minúsculas, al OTRO). Para mí, compartir es compartirse, siempre, pues en ello hay humildad y generosidad. Y así fue el maestro chileno con nosotros.

Uno de los libros del profesor Villalobos-Ruminott, por si están interesados en el tema.
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