Retrato en siete fragmentos

I

Una amiga comentó que experimentar la disociación de la identidad y de la existencia física era una un síntoma de ansiedad. Algo clínico y un posible trastorno. Cuando niño cerraba los ojos durante largos periodos de tiempo y vagaba por la casa, como una suerte de reto, procurando no tocar nada más que las paredes. Al abrirlos, experimentaba un inefable y maravilloso gozo de no saber quién —o qué— era. Cercano a una inexistencia conciente, al fallo de sí mismo. En ese preciso instante todo se volvía en extremo real y claro: no era yo lo que habitaba.

No recuerdo en qué momento dejé de hacerlo artificialmente. Con los años este proceso se ha ido perfeccionando. Cada vez más eficaz y efímero. Emergen de la cotidianidad instantes de este tipo. Miro el rosto de mi jefe y digo «¿qué mierda hago aquí?»; me encuentro a mí mismo hablando en público y pienso «¿en qué momento comencé a hablar?»; llego a un sitio sin memorar lo recorrido y me extraño (en el más turbio de los sentidos).

Despersonalización se llama. Una palabra más al glosario.

Quizá empeore —o se refine, según la perspectiva— con los años. Un anciano azorado que teme de todo menos del viento. Por si las dudas dejaré de prestarle atención a las charlas de la gente, en especial a las de mis amigos.

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II

La treta de prometer mucho y no cumplir nada está en dejar toda la responsabilidad (de recordar lo prometido) en el otro. Apelar a su pésima memoria, a la nula importancia de lo que se promete, a lo que nunca tendrá que ser cedido. Mi exnovia y mi exjefa de trabajo sabían bien esto. Jamás tendría el valor de reclamar un amor eterno o mejores condiciones laborales; lo segundo con más relevancia a futuro (¿?).

La simple idea del prometer requiere inmovilidad. Un acto antinatural para privilegiar la incertidumbre. Y sin importar lo que se jura, las probabilidades dictan que se miente (y se mentirá).

Un favor, regalos, visitas, un libro prestado, un pago, una vida juntos, apuntes, sexo. Todo entra en la misma categoría. A largo plazo se torna inviable saldar todas las deudas que se adquieren irresponsablemente.

A final de cuentas, toda promesa suplica que no pueda ser cumplida. ¿Quién desea ser visitado por familiares lejanos? ¿Quién se deshace de un libro agotado? ¿Quién busca una eternidad?

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III

La periferia se niega a sí misma. He adaptado mi vida a vivir —al menos— a una hora de todo. Siempre he tenido que recorrer un camino a diario, un lapso de gracia entre el primer paso y una meta que se prolonga día a día. Sé que lo mío es simplemente la media de la humanidad: una hora.

Es, quizá, el único momento en el que realmente nos pertenecemos. Donde somos en potencia. Vagamos, abandonados de todo y en dirección certera, hacía sitios, actividades y personas que nos conforman, que nos dan identidad. Yo soy a donde voy, a donde estoy obligado a ir, a donde me espera alguien que dice saber mi nombre. Me encamino a la reafirmación de lo que dicen que soy.

Sé que en un futuro, cuando se hable de nosotros y nuestra época, se harán suposiciones absurdas, se dirá que fuimos más inteligentes de lo que en realidad somos. Quizá ellos nos comprendan mejor que nosotros mismos. Enfermos por el transitar, gastamos una vida en llegar.

Vivo muy lejos de todo, excepto de mí.

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IV

A veces, cuando deambulo, desconocidos se acercan a preguntar la hora. Confían que un completo extraño no les mentirá; no tienen tiempo para dudar de mi palabra.  Y sin razones para mentirles, lo hago: acostumbro sumar cinco o diez minutos. Unos aceleran el paso, otros maldicen, muchos suspiran; todos dan las gracias. Quizá lleguen a sus destinos con algunos minutos de sobra, extrañados, suficiente como para secarse el sudor o fumar un cigarro. Siempre he creído que es bueno tomarle ventaja al destino, no servirá de nada, pero al menos habrá segundos de sobra para fingir sorpresa.

Uso reloj como un acto de rebeldía ante su inutilidad. Peor aún, en el brazo derecho. Una microinsurrección que sólo me afecta a mí. Muchas personas me han preguntado el significado de aquello, que si formo parte de una secta, que si es una clave oculta para decir que eres gay, que si con ello los policías no te multan al cruzar los altos. Yo sólo callo y digo que no lo puedo revelar. Sin embargo, la verdad es menos sorprendente, como siempre: sin el reloj pierdo la noción de mis manos.

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V

Desde pequeño muerdo todo lo que es suave, de plástico blando o gomoso. Arrasé con los botones del control remoto, la miles de tapas de pluma que han pasado por mis manos, cualquier plástico dúctil que no sea tóxico. No es una cuestión que afecte directamente en mi vida, es más, la considero ya una parte de mí. Algo que se torna evidente cuando miras en silencio y con detenimiento.

Recuerdo esto y callo para observar. Las personas viven en una constante y perdida lucha por ocultar los complejos que se adquieren desde muy temprano y van enmarañando laberínticamente en donde no se sabe que puede doler. Todo es evidente para alguien con tiempo y paciencia. Incluso lo que no sabe de sí mismo quien es observado.

Hace un par de años mi terapeuta y mi dentista —sin saber de su existencia en paralelo— se pusieron de acuerdo: lo que tenía era una mandíbula fuerte en combinación con una fijación oral. Fruto de mi genética y el retiro temprano de la leche materna por un medicamento. Esto no resolvió ni mejoró nada. Lo único que me dio fue una buena excusa para justificar mis plumas roídas, el por qué  siempre cargo chicle y la posible causa de mi tabaquismo.

PD. Leí que todo lo anterior se aminoraba con besar recurrentemente. Creo que compraré más chicles.

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VI

Quizá lo mejor que he hecho en mi vida fue negarme a ser contador. Sin embargo, ello habría dado solución a muchas cosas: desempleo, retiro para mi vejez, carencias económicas, crítica social, ser considerado la oveja negra de la familia.

No es como que a diario se encuentre en los avisos oportunos “Solicito escritor joven, aún sin reconocimiento, para labores de creación escrita. Suelo competitivo, con prestaciones de ley y 12 días de vacaciones. Experiencia no necesaria”.

Pese a todo ello tengo un buen trabajo, temporal, pero al fin trabajo. Todas las mañanas tengo agua gratis o todos los periódicos que yo requiera; un contador respondería que le dan café y todas las plumas que pueda guardar en el saco. Rasco entre mi tiempo libre y mi flojera para escribir esto, esperando que mi irreverencia adolescente haya sido una buena decisión tomada a tiempo y no un fallido intento de ser artista en el tercer mundo.

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VII

Llevo años quedándome calvo, desde los 16, para ser exacto. Ha sido un proceso muy lento, pero sé cómo terminará.

El misterio más grande de toda mi vida. Una cuestión y sello característico de mi personalidad. Algo inconfundible ante una multitud. Muchos le han dado una explicación: falta de vitaminas, un tratamiento para el acné a temprana edad, herencia, las dos veces que me dio varicela, la posición de mi cama, el año en que nací, el servicio militar, la contaminación de la ciudad.

Nadie ha podido dar una respuesta y solución pertinente, es un mal que se quitará con los años, cuando llegue a la adultez y sea normal la calvicie. A esto me refería con adelantársele al destino.

Sin embargo, le veo el lado amable: ante la posibilidad de tener, y peor aún,  encontrarme con alguno de los siete sujetos idénticos a mí que el azar ha repartido por el mundo, yo sería el calvo.   }

 

 

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Ángel Godínez Serrano (Ciudad de México, 1992)
Demonio folklórico.
Un niño jugando a todo lo que puede antes de morir.
IG: @angel.god.ser
TW: @AngelGodSer

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