Bonampak y los grabados premonitorios

3 de mayo de 1949. Es medio día y sobre el río Lacanhá navega, entre gritos de mono saraguato, una canoa con tres pasajeros: Luis Morales, camarógrafo del Noticiero Mexicano; Carlos Frey, el hombre tocado por el diablo; y Franco Lázaro Gómez. Los dos primeros discuten, el tercero, en medio de ambos, guarda silencio tal vez debilitado por la enfermedad, tal vez resignado al reconocer en la escena una especie de dejavu y saber que se encuentra justo sobre su sepulcro, ese que hace un par de días plasmó en un grabado y ahora mismo lo tiene guardado en un tubo de metal colgado a su cinturón.

     Franco Lázaro Gómez permanece callado en la canoa como si se encontrase ante un pelotón de fusilamiento, probablemente sea el único de los tres que sabía lo que ocurriría sin embargo, como una especie de Edipo resignado ante la fuerza del Oráculo, no se resiste ni intenta cambiar nada, deja que todo fluya, deja que la canoa le lleve a su muerte. ¿Por qué este chico de 28 años oriundo de Chiapa de Corzo se encuentra en medio de La Selva Lacandona?  ¿Cómo es que llegó al río Lacanhá?

     Podríamos decir que la culpa la tuvo un gramófono y los deseos de encontrar una ciudad perdida, pero eso sería remitirnos a 1946 y contar la historia del hombre tocado por el diablo, Carlos Frey, y no, hoy no nos interesa la historia de este norteamericano con deseos de inmortalidad. Lo que nos interesa ahora es la corta vida de Franco Lázaro, el chico que sabía lo que ocurriría.

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     Tal vez Chiapa de Corzo es mejor conocida como el pueblo mágico donde se encuentra el principal embarcadero para recorrer el Cañón del Sumidero, sin embargo esta pequeña ciudad está entretejida a leyendas, premoniciones y símbolos que se diluyen con el paso del tiempo y sólo algunos de sus habitantes recuerdan a través de la memoria oral que les transmitieron sus abuelos. En uno de los rincones de esa ciudad, frente al mercado, se encuentra el Ex Convento de Santo Domingo y dentro de él, tras cruzar patios de piedra donde los pericos no dejan de gritar y  subir unas escaleras encontramos una sala repleta de grabados. En ellos observamos pequeñas estampas a blanco y negro sobre las costumbres y tradiciones de esa ciudad. Retratros sobre parachicos, festejos donde Doña María de Ángulo y la chuntá son las protagonistas, políticos transformados en animales en tiempos electorales, extrañas figuras donde demonios besan a jovencitas dormidas, hombres ahorcados, imágenes que plasman los movimientos armados suscitados en Chiapas a principios del Siglo XX.

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     Avanzamos mirando esas estampas cargadas de simbolismo y tradición hasta que llegamos a un autorretrato. Franco Lázaro. No nos mira, pero nosotros a él sí. Se ha quedado atrapado en sus 28 años, mira de perfil más allá de la tinta. Nació aquí en Chiapa de Corzo el 20 de diciembre de 1920, tuvo una vida sencilla y nunca pudo concluir la educación primara, aprendió varios oficios y siempre mostró predilección para las artes plásticas. Poco a poco comenzó a obtener reconocimiento en ésta área gracias a la creación de máscaras y piezas religiosas así como estos múltiples grabados en los que plasmaba elementos de su cultura. De hecho, fue por estos últimos que Diego Rivera le buscó en el año de 1949 para invitarle a una expedición a unas ruinas recién descubiertas en la Selva Lacandona. Lo que la expedición pretendía era reunir a una serie de científicos y artistas de varios ámbitos para observar unas pinturas dentro de las ruinas.  Por supuesto  Franco Lázaro aceptó.

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     Se unió a esta aventura dispuesto a plasmar en sus grabados aquellas pinturas encontradas en las ruinas de una ciudad perdida en medio de La Selva Lacandona. Sin embargo la expedición no fue tan bien como todos esperaban, tras llegar Comenzó de manera desorganizada y al poco tiempo tuvieron que paralizar el trabajo debido al desorden del campamento. Carlos Frey indicó que debía ausentarse pues tenía que ir a recoger una planta de luz junto con los bidones de gasolina que había dejado al otro lado de del río Lacanhá pues las mulas que les habían llevado hasta el campamento no habían podido cruzar el río con tanta carga.

      Así Carlos Frey en compañía de Luis Morales y Franco Lázaro Gómez salieron  del campamento establecido en las ruinas de Bonampak el 3 de mayo de 1949 para buscar río arriba la planta de luz y los bidones de gasolina. A la una de la tarde Pech, otro excursionista que se había quedado en Bonampak observó pasar una manada de zenzos entre las ruinas y tomando su rifle salió tras los animales que corrían en dirección al río, sin embargo al llegar a éste en lugar de dar con los zenzos encontró un remo que flotaba en el agua y río abajo la canoa volteada. De inmediato se organizó una exploración para dar con los tres compañeros que habían salido por la planta de luz. Pasaron horas buscándolos. Los encontraron sumergidos entre las aguas cristalinas, el cuerpo de Frey sosteniendo la faja de Lázaro como si hubiese intentado rescatarlo. A Luis Morales lo encontraron  en medio de la selva refugiado en el hueco de un árbol. Estaba pálido, pero vivo. Él les contó que le había increpado a Frey por la mala organización del campamento y en la discusión los agarró por sorpresa un rápido de apariencia calmada que levantó y volcó la canoa. Sólo él había podido salir del río.

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      El resto de los excursionistas tras escuchar la historia y reconocer que no podían regresar los cuerpos a sus respectivas familias optaron por darles sepultura ahí mismo, cavaron una tumba al lado del río y los dejaron ahí. No fue hasta tiempo después que se pudo organizar un equipo para recuperar el cuerpo de Franco Lázaro y darle digna sepultura. Sus pertenencias fueron entregadas a su familia, entre éstas se encontraba un tubo de metal con diversos grabados realizados en su estancia en Bonampak entre ellos dos  sobresalían el “Sombrerón” y “La tumba”. El primero representa al Sombrerón extrayendo del río a un ser ahogado y el segundo un grabado donde aparecen todos los integrantes de la excursión, con el pequeño detalle de que dos de ellos tienen bajo de sí una tumba, Frey y el propio Lázaro.

      Si algún día usted se encuentra en Chiapas y quiere comprobar por sí mismo la veracidad de esta historia basta con acudir al Ex Convento de Santo Domingo, pregunte en la sala que lleva el nombre de Franco Lázaro Gómez por los grabados premonitorios, no los tienen exhibidos como el resto de sus obras, los tienen resguardados pero usted puede tener acceso a ellos.

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