Breve apología de un día de cumpleaños

Del año, al menos del lapso de uno, el paso de los días no se estanca. E irremediablemente se llega —sin quererlo y sin desearlo— al momento simbólico en el que se evoca el inicio. Un arranque, en el amplio sentido de la palabra, el rompimiento de algo profundo y un golpe de vida que es fecha de comienzo y caducidad a la vez.

Un día completamente metafórico: todas las acciones de la cotidianidad se vuelven una representación particular con repercusiones permanentes. Lavarse los dientes durante el día se vuelve en una alegoría de todas las veces que uno habrá de lavarse los dientes en la vida. El aire especial de la fecha hace que surja un peso distinto, y casi irreal, de las nimiedades.

Las horas habrán de finalizar en el mismo lugar donde se inició: una cama, un sillón, el suelo, un auto, el transporte público, la calle. Y se dirá en voz baja: Hoy es/fue mi cumpleaños. Año tras año en un segundo.  

Otras personas miran tu perfil con ojos menos fríos y duros al saber la fecha. Gozar de un aura más tibio de lo normal durante las horas del día puede conseguirte un café gratis, la benevolencia de un tránsito, decenas de platillos gratuitos con un acompañante [Aplican restricciones***], una bebida adulterada en el bar y decenas de felicitaciones llevaderas.    

Casi no se sueña, no hay necesidad. Ya mañana regresarán los sueños (y los sueños) a su horario regular: 5 o 10 minutos durante la madrugada y días-meses-años en la memoria. 

Abrazar se vuelve una forma de dejar expresamente un “No te conozco y no tengo intención de hacerlo, pero hace una cantidad medible de tiempo alguien te cortó un cordón umbilical para despegarte de tu madre”. O en su defecto, una muestra de cariño que es excusa para sentir los latidos de otro.  

Las cifras toman un peso sugestivo, donde un “3” junto a un “1” significa fragilidad en ambos sentidos: 13 años, 31 años.    

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Nombres remotos se personifican en un felicidades y se retoman amistades que durarán en contacto un par de semanas. Año con año, un puñado de personas se envuelve en palabras y conversaciones medianamente casuales. Y uno se pregunta: “¿Por qué le dejé de hablar a *Nombre aleatorio de persona*?”, para ser respondido con un silencio seguido de días y quizá meses hasta que alguno de los dos cumpla años.  

Al final, el día se intercala como la diapositiva de un proyector que necesita de la oscuridad para existir. Por lo regular queda bien plasmada —si la memoria lo soporta— una imagen por año. 80 o 90 panoramas plasmados (según la época y los avances de la ciencia médica), con poca suerte y enfermedades crónicas 45 o 55. Fotografías de los primeros años, cortos vistazos de los segundos años, extensos panorámicos de los terceros años, hilos perdidos de los cuartos años… Hasta los límites de la memoria. Una exposición que sólo una persona habrá de ver.  

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Ángel Godínez Serrano (Ciudad de México, 1992)
Demonio folklórico.
Un niño jugando a todo lo que puede antes de morir.
IG: @angel.god.ser
TW: @AngelGodSer

 

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