Las im/personalidades de Dios: Descartes, Spinoza y Leibniz

Gracias a que hemos crecido dentro de una cultura mayoritariamente católica, nuestra primera idea de Dios es la de un ser infinitamente bondadoso, creador de todas las cosas materiales e inmateriales, que se expresa a sí mismo en tres formas: como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo, pero, sobre todo, que es personal, es decir, que tiene una determinación humana. Por supuesto que esta idea no es la única, ya que hay religiones que conciben otras cuyas representaciones varían dentro de un espectro amplio tomado de la misma naturaleza, así es como encontramos dioses zoomorfos, con atributos de fuerzas naturales o con una combinación entre las tres (humana, animal, elemental).

     Sin embargo, aquí no hablaré de las religiones específicamente, ni tampoco de cuestiones relativas a la antropología de la religión, sino solamente de las ideas de Dios que concibieron los filósofos René Descartes, Baruch Spinoza y Gottfried Leibniz, por ser particularmente interesantes a la historia de la modernidad. Asimismo, lo que aquí explico es sólo a grandes rasgos, dejando la puerta abierta a quien le interese para que investigue con mayor profundidad lo expresado.

René Descartes: “Cogito ergo sum”

Con este filósofo francés prácticamente inicia una nueva etapa dentro de la historia en general, y de la historia de la filosofía en particular, puesto que es quien inaugura la llamada “filosofía del sujeto”, lo que significa, en términos muy generales, que las posibilidades de desarrollo de una persona depende sí misma, de sus aptitudes para el crecimiento material y espiritual en un afán de abarcarlo todo: esto es parte de la herencia que nos dejó el Renacimiento, época de la que Descartes es beneficiario directo a pesar de que su filosofía fuera concebida en parte del Barroco. Y más aún, es considerado uno de los máximos representantes de la época moderna.

Bien parecido el muchacho.

       Aunque se estaba dejado atrás la imagen del Gran Teatro del Mundo de la Edad Media, en la que toda persona nacía representando un papel que determinaría toda su vida sin posibilidad de cambio alguno, y ésta empezara a ser desplazada por la del sujeto dueño de su destino, la idea de un Dios personal creador había permanecido casi invariable. Incluso podría afirmarse que es gracias a esta nueva antropología que el sujeto ya no necesita tanto de Dios para llevar a cabo sus planes, si bien sabe que es por acción Suya que existe la infinitud del universo y él mismo.

      Es dentro de este imaginario en el que Descartes acuña su famosísimo dictum del Discurso del método: “Pienso luego existo”. Éste se convierte en su primer principio indudable para desplegar sin falla alguna el resto de su filosofía. Así es como el yo, la subjetividad inmaterial sustraída de los sentidos del cuerpo, se considera a sí mismo como el garante de todo conocimiento. Sin embargo, llegado a este punto, toda realidad externa carece de sentido, o mejor dicho: carece de existencia o depende de la del yo. El solipsismo cartesiano se queda, como tal, solo. Pero como el cogito no es tan perfecto porque puede cometer errores en sus reflexiones, y además necesita recuperar la base de una perfección mayor, es así como descubre que depende de Dios, por lo que su idea de éste es la de una sustancia infinita no material. ¿Por qué? Porque la materia es imperfecta y no puede formar parte de su naturaleza.

-“Es que si pienso, luego existo”. -“Oye, tranquilo, viejo”. -“Oilo al René”.

         En resumen, si existe algo real y verdadero fuera de mi yo es gracias a la existencia de Dios, pero éste no me da directamente la certeza de esta proposición, sino que depende enteramente de mí mismo, de mi cogito. Por lo tanto, Descartes cae en un argumento circular: el yo depende de Dios, pero Dios depende del yo para conocerlo y a lo externo a él.

Baruch Spinoza: “Deus sive natura”

Siendo predominante la idea de un Dios creacionista con rasgos humanos en el siglo XVII, este filósofo holandés de ascendencia española-portuguesa concibe una que en su momento le valió la excomunión de la comunidad judía a la que pertenecía: la existencia de un Dios impersonal material. A diferencia de Descartes, uno de sus maestros, Spinoza aprendió de la naturaleza misma que existe una relación del todo con el todo de manera que las partes se componen entre sí como mejor les conviene para aumentar su potencia de existencia. Es decir, el sujeto no está aislado del mundo que lo rodea, ni mucho menos puede partir desde sí mismo como mera sustancia inmaterial para dar cuenta de la existencia de Dios, sino todo lo contrario: si Dios existe lo hace en tanto que es la sustancia que se compone a sí misma con todo lo que es. A esta forma de concebir a Dios se le conoce como “panteísmo”: cada uno de los cuerpos (orgánicos e inorgánicos) está compuesto por un número infinito de cuerpos más diminutos, y cada uno expresa parte de la esencia de Dios, es decir, son Dios en cierta medida, nunca totalmente. Es más, la idea de totalidad sería una forma de limitar a Dios y éste no puede ser limitado porque es infinito.

Einstein dijo alguna vez que creía en el Dios de Spinoza.

        Gracias a esta infinitud de Dios es como Spinoza no puede tomar por cierto que se le represente como un ser humano con afecciones tristes y alegres. Consecuencia importante de esta impersonalidad de Dios será la de no pensar en “sujetos” sino en “modos”: no hay subjetividad para el holandés, no hay egoísmo ontológico ni solipsismo cartesiano: hay una forma orgánica de entenderse desde sí como cuerpo en relación con lo demás que es cuerpo, es decir, de Dios consigo mismo en cada forma material que lo expresa expresándose.

       A Bento, como le decían de niño, por éstas y otras razones no menos poderosas, se le consideró un ateo. Y digamos que sí: no es que se niegue la existencia de Dios sólo porque no se le conoce “personalmente” (para quienes esgrimen este argumento tendrían que examinar su idea de la divinidad), sino que al no podérsele reducir a una forma única representativa no se puede afirmar que exista uno o muchos: es la naturaleza misma.

Gottfried Leibniz: Dios, el Arquitecto del mejor de los mundos posibles

Nacido en Leipzig en 1646, este filósofo alemán fue un gran “todólogo”, por así decirlo, ya que sus escritos abarcan desde temas de geología, historia, economía, hasta filosofía, teología, derecho, lógica y matemáticas, entre otras cosas (muchas, en realidad). De hecho es considerado uno de los inventores del cálculo infinitesimal y de los primeros en crear un artefacto que pudiera calcular las cuatro operaciones aritméticas básicas.

También fue inventor del símbolo de integración:  ∫, ése que tantos dolores de cabeza nos dio en la prepa.

       Conoció a Spinoza, quien era 14 años mayor que él, y se sintió fascinado por su filosofía. Pero habría de tener una idea distinta de la del holandés sobre la prueba de la existencia de Dios: a causa de su logicismo, Leibniz podía afirmar que la divinidad era un creador que había inventado en su infinito entendimiento el mejor de los mundos posibles. Esto se explica de la siguiente manera: cada cosa existente expresa un punto de vista irreductible de la creación, a un mundo con un mayor número de objetos distintos en su especificidad composiblemente existentes le corresponde una mayor perfección susceptible de ser reducida a unos cuantos principios matemáticos: de ahí que Dios fuera, para el alemán, un Arquitecto, o mejor aún: un Inventor.

       No se puede afirmar con certeza que el Dios de Leibniz pudiera ser representado como un humano, pero sí que fuera personal. (Cuando leí algunos textos esenciales de Gottfried Leibniz me imaginaba que él se imaginaba a Dios como encerrado en una sala eligiendo las mejores piezas posibles para hacer que funcionara su nueva creación, la más perfecta).

Conclusión

Es fácil ver que hay una proyección de la subjetividad de Descartes y de Leibniz sobre su idea de Dios. El caso interesante es el de Spinoza, más cercano a la llamada “filosofía oriental” que a la propiamente occidental. Lo que quiero resaltar es la transición que hay de uno al otro. Cronológicamente hablando, Leibniz estaría sintetizando dos formas de la divinidad anteriores a la suya: la lejano-personal del cogito cartesiano y la inmanente-impersonal spinozista.

    Con el paso del tiempo, pienso que predomina la cartesiana por cuestiones que competen a las subjetividades nacidas a raíz de la Ilustración y, posteriormente, a las de la posmodernidad, más propiamente a las del capitalismo tardío, acendradamente individualistas, solipsistas casi: inorgánicas y tecnocentradas.

      Esto tendríamos que tomarlo en cuenta: es muy posible que nuestra actual idea de Dios esté concebida no sólo por la religión bajo la que fuimos formados, sino también por la que nuestra época, en términos socioculturales, nos mantiene.

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