“Guerra fría”: una política del amar libremente

Asumir y hacerse cargo de la responsabilidad compartida que implica cualquier relación amorosa es el vínculo indisoluble que le permite una larga duración en el tiempo.

        Y el nuevo largometraje del director polaco Pawel Pawlikowski parece confirmarlo (traído a México gracias a cine Caníbal). La historia se centra en el amor entre una talentosa cantante y bailarina llamada Zula (interpretada por Joanna Kulig), y un compositor y pianista llamado Wiktor (Tomasz Kot); ambos son la representación ficticia de los padres del cineasta en un contexto político imposible para su relación.

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Escena de baile entre Zula y Wiktor

El film está grabado en blanco y negro, un formato estupendo que acentúa el carácter dramático del destino de los personajes, pero también los pliegues de luz y sombra que acarician su rostro a lo largo de los años, de los amoríos, de las interrupciones y del fruto de su relación.

     Asimismo, la película explora brevemente algunos sucesos que delinean el uso político de la cultura por medios oficiales: la recopilación de canciones populares para su posterior performance a través de cantantes y bailarines formados en una academia llamada Mazurek (que nosotros conocemos como “mazurka”), dónde  los protagonistas se conocen, y cuya suerte será la de convertirse en la cultura oficial del partido comunista de Polonia, lo que significa su instrumentalización para el adoctrinamiento y aleccionamiento del pueblo para cantar la gloria de Joseph Stalin. Mientras que a Zula esto no le molestaba, a Wiktor sí, por lo que no sólo se muestran las afinidades espirituales de los personajes sino también las fuertes diferencias ideológicas que los mantienen separados.

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Zula en un tren rumbo a Varsovia.

Esta película tiene rasgos sobresalientes en la parte técnica, pues está nominada a 3 Oscars, incluyendo Mejor película extranjera, Mejor fotografía y Mejor director. La música, que es uno de los componentes más poderosos en la construcción narrativa de la obra, cautiva, arroba y seduce cada vez que vemos a Wiktor tocar el piano furiosamente con una banda de jazz, o a Zula cantando con su afilada voz, con la que pareciera dividir el tiempo y la eternidad para instalarse en ésta.

       La relación de los protagonistas no es un ejemplo de lo que puede el amor a pesar de los obstáculos territoriales (Wiktor pasa parte de su vida como exiliado), políticos y personales, más bien se posiciona, se exhibe como una razón para intentar ejercer la libertad de amar y de vivir lo más dignamente posible en momentos de alta incertidumbre, de gran violencia y de gran fragilidad. No hay garantía alguna de que dicha práctica de la libertad quede exenta de dolor, pero la promesa de que se alcanzará la felicidad debe permanecer ardiente y clara para no olvidar el compromiso que tenemos con el Otro, para no olvidar la responsabilidad que compartimos.

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