La inexistencia de la muerte (un tanteo)

A primera vista, el título de esta nota parece una necedad o una evidente muestra de ceguera. Tan sólo haría falta que alguien me recuerde los cementerios, me señale una urna con las cenizas de algún familiar, el cadáver de un perro en la calle, me enseñe alguna nota roja en los periódicos o la cantidad enorme de elucubraciones filosóficas y de libros que tratan sobre la muerte para que reconsidere mi tesis y guarde silencio.

     Pero lo que por costumbre llamamos “muerte” no es tan obvio como creemos. Y menos obvia aun es su definición. Para nuestra cultura es considerablemente complejo hablar de la muerte por la cantidad de rituales y representaciones antropomórficas que tenemos de ella: el Día de los muertos, la Santa Muerte y la Catrina, por poner tres ejemplos. Sin embargo, aquí no hablaré de las modalidades festivas y religiosas que han construido, y sobre las que se ha construido, una idea bastante peculiar de este fenómeno, sino de las transformaciones de la materia, es decir, desde un punto de vista inmanente, no trascendente ni alegórico.

La apoptosis

Así se le conoce en biología al “suicidio celular programado”. Su función, en esencia, es regular el desarrollo y crecimiento de un organismo. Un ejemplo clásico para explicar lo que es la apoptosis es el del renacuajo: cuando éste alcanza la madurez suficiente su cola se reduce (pierde material celular) y crecen sus patas; otro buen ejemplo: durante la gestación humana desarrollamos membranas interdigitales como las de los patos, y por apoptosis las perdemos para dar paso a la separación de los dedos. Es decir, los genes tienen ya el código, los mensajeros de éste y los receptores que ejecutan la destrucción de ciertas células para permitir el crecimiento de otras en pro del organismo (en términos muy generales, este procedimiento se puede extender a gran escala: de individuos a especies, de especies a hábitats naturales, de éstos a ecosistemas, etcétera).

Extraña animación de una célula que ejecuta la apoptosis.

El asunto es que al hablar de apoptosis no estoy hablando en realidad de la “muerte”, sino de la vida. La razón es la siguiente: sabemos muy bien que “la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma”, por lo que las células que “se suicidaron” fueron desechadas para servir de otra forma porque cumplieron su función, al menos, dentro de un organismo. Entonces, ¿la muerte es transformación?, pero ¿qué no eso es una actividad propia de la vida? ¿Cómo un fenómeno que está relacionado con la inactividad, la anulación y la ausencia puede ser compatible con lo que es su “contrario”? ¿Vida y muerte, por lo tanto, son una sola cosa y la misma? Las anteriores son preguntas bastante interesantes, pero pierden sentido cuando formulamos la siguiente: ¿hay dos “entidades” mutuamente necesarias o sólo una sola falsamente dividida en dos?

La muerte… ¿extravital?

La forma más fácil para responder es hablar de la muerte como un elemento que viene desde fuera de la vida (sea lo que eso signifique), es decir, pensar que es un acontecimiento extravital. Pero el problema de este tipo de respuestas que apelan a la trascendencia, por lo regular, tienen fundamentos meramente imaginarios cuyas institucionalizaciones y múltiples formas de promoción han permeado en la mente de las culturas del mundo sin necesariamente atender a los elementos materiales que conlleva reflexionar sobre dicho evento, lo que ocasiona la división entre “vida” y “muerte”. No obstante, cada que predicamos de ella, lo hacemos en términos de la primera…

Bien lo sabe Arya Stark.

     En la rama de la biología es complicado dar una respuesta a lo que es la muerte, lo cual es curioso porque en tanto disciplina que se ocupa de los procesos bioquímicos que le ocurren a los organismos orgánicos (entre otras coasas), algún tipo de pista debería tener al respecto; y sin embargo, no es así. Se puede decir que la muerte es la anulación de la última de las células de cualquier ser orgánico, pero ¿qué sucede cuando un fallecido dona su corazón y éste sigue latiendo dentro del cuerpo de otra persona? ¿podemos afirmar que dicha definición, entonces, aplica? Incluso cuando una entidad orgánica deja de “vivir”, sufre una serie de descomposiciones que permiten la generación de más organismos vivos, ¿entonces, está “muerto” o sólo su ser-materia se transformó en otra cosa? 

      Lo anterior nos permite, entonces, proponer otra posible definición de la muerte: el agotamiento de la integridad de los componentes de un individuo hasta que sus funciones terminan, o en otras palabras, la transformación en cadáver. Y por más atractiva que suene esta definición, como ya vimos, no está exenta de problemas. 

Justo así. 

Fenómeno y acontecimiento

Ya me he referido a la muerte como fenómeno, pero esta palabra puede significar tanto lo que ocurre en términos físicos (un arcoiris) como en términos “inmateriales” (un recuerdo). En gran medida, la idea de muerte que tenemos está basada en este segundo sentido, y no obstante, no deja de tener sus causas en lo primero: he ahí la materialidad de lo virtual. 

      A lo largo de nuestra vida nos relacionamos con modos específicos de la materia: un árbol, un gato, un familiar. Estas relaciones generan vínculos afectivos con nosotros. Cuando dicha especificidad es modificada de manera tal que esa individualidad deja de ser aquélla con la que tuvimos esas relaciones (positivas, sobre todo), entonces hablamos de “muerte”. Extrañamos los afectos de alegría que nos causaba, extrañamos esa organización específica de la materia. Por ende, ese fenómeno ocasiona sentimientos tristes, pero no deja de “ocurrir” en la existencia. No se trata de negar este tipo de afectos ante tal situación, se trata de aceptar que esa individualidad, al descomponerse y recomponerse en otras, pervive de manera distinta. La barrera a franquear, entonces, es la de la costumbre a la unidad para comenzar a aceptar las multiplicidades (inclusive las propias).

Ya lo dijo el buen Carl Sagan.

      Por otro lado, un acontecimiento es todo aquello que acaece en el mundo (y me disculpo por la perogrullada): un nacimiento, un agujero negro, una celebración. Según Wittgenstein, en su Tractatus logico-philosophicus, el mundo es la totalidad de los acontecimientos, por lo tanto, poder hablar de aquél es poder hablar de éstos. Si en este texto no me he cansado de señalar que la muerte no ocurre, es justamente porque comparto la idea del filósofo austriaco cuando asevera que “la muerte no es ningún acontecimiento de la vida. [Porque] La muerte no se vive”.

Últimas palabras (por ahora)

Toda doctrina (sea religiosa, filosófica o ideológica) que tiene por fundamento la muerte, es una doctrina cuyo proyecto se basa en la construcción de un sistema que nos encierra y esclaviza bajo el dominio de las pasiones tristes.

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