El ciclo del absurdo: “Esperando a Godot”

Es bastante frecuente recurrir a la famosa idea de Nietzsche del eterno retorno para justificar el sinsentido de la existencia, pues además de ser un gran recurso literario (y hasta un cliché de seudointelectuales), niega la teleología cristiana; por ende, la salvación, el descanso definitivo de todas las almas buenas de este mundo.

Pero dicha idea, tomada en su simpleza, sólo comunica lo que ya sabemos: que la naturaleza existe en ciclos: de la primavera sigue el verano, de éste el otoño, y de éste el invierno y de éste la primavera, etc. Si subimos otro grado, veremos que se refiere a las acciones humanas: cada evento político (usurpaciones del poder, p. ej.) y social (revueltas) que ha ocurrido volverá a ocurrir, aunque de otra manera (es decir, tampoco hay teleología de la historia). No obstante, si bajamos un grado más, si nos acercamos a un punto intermedio, podemos extraer otra interpretación: la codependencia emocional, la necesidad básica de no estar solos, crea ciclicidades. Los personajes de Esperando a Godot son una muy buena muestra de ello.

Ian Mackellen y Patrick Stewart como Vladimir y Estragon

Samuel Beckett tenía la agudeza necesaria para crear estructuras narrativas básicas que significaran esa misma llaneza para abrirse a una pluralidad de lecturas. En su magistral pieza de teatro Esperando a Godot utiliza a sólo cuatro personajes: Vladimir, Estragon, Pozzo y Lucky, más un quinto que aparece dos veces: el niño, mensajero de Godot.

Lo que quiero resaltar del absurdo de esta obra es la base sobre la que descansa: una mancuerna entre el olvido y la codependencia de los pares. El primer elemento es necesario porque significa dos cosas: 1) la negación del pasado y 2) la novedad del presente. Beckett pone en boca de Vladimir y Estragon su necesidad (incuestionada) de esperar a Godot. Para ellos existe el futuro, el cual es idéntico al presente, pero no existe el pasado. Si éste existiera con claridad para ellos, es muy probable que dejarían de esperar: la memoria sería una solución.

No es difícil adivinar quién es Pozzo y quién Lucky

El siguiente elemento, la codependencia emocional, fortalece el ambiente cíclico y tedioso de la obra. Vladimir y Estragon, hasta donde podemos inferir, son pareja, y por más que uno de los dos quisiera irse, si el otro no lo sigue ninguno se va a pesar de los maltratos que padezca. No podrían soportar la soledad, pues tal cosa significaría lo siguiente: aburrirse más de la vida. Por otro lado, Pozzo y Lucky mantienen una relación de amo-esclavo invariable, y al parecer, irrompible, pues si Lucky quisiera salir del yugo de Pozzo, ya no habría ni amo ni esclavo: en su lugar quedarían, de nuevo, dos personas en soledad.

La figura que se pregunta por el absurdo

Con lo anterior quiero decir que tanto en el caso de Vladimir y Estragon, como en el de Pozzo y Lucky, sea cual sea la situación sentimental o social que mantengan, ambas parejas buscan sostener lo único que les da cierta sazón a su vida, lo que los salva del suicidio y del aburrimiento. De esta manera, considero que Beckett no apuesta por una especie de absurdo metafísico por el abandono de Dios, sino por algo aún más vital y básico: el absurdo tanto de la codependencia emocional bajo la insignia de la violencia por temor al vacío y la soledad, como la completa falta de memoria en sentido personal e histórico que generan la sensación de una interminable espera de algo que rompa con el ciclo.

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